Por Carlos Amarante Baret, presidente de AVANCEMOS
Los resultados electorales de Brasil dejan lecciones que los dominicanos debemos analizar con atención, especialmente cuando comenzamos a mirar hacia las elecciones del 2028. La experiencia de Luiz Inácio Lula da Silva demuestra que las encuestas, las tendencias en las redes sociales y los pronósticos digitales no tienen la última palabra. Ninguna medición sustituye la voluntad popular, y mucho menos cuando los grandes intereses económicos y políticos disponen de recursos para influir en la opinión pública.
La primera lección es que la edad no determina la capacidad de un dirigente para gobernar. Lula, con 80 años, ha demostrado que la experiencia, la voluntad de trabajo y la conexión con la gente pueden tener más peso que la juventud por sí sola. La política no es un concurso de edades, sino una competencia entre propuestas, resultados, liderazgo y capacidad para responder a las necesidades de la población.
También queda una enseñanza fundamental: gobernar para las mayorías puede tener una recompensa electoral. Lula ha construido su trayectoria política alrededor de las demandas de los sectores populares y de la lucha contra la pobreza. Su experiencia nos obliga a plantear una pregunta que los dominicanos debemos hacernos sin rodeos: entre quienes aspiran a gobernar el país en el 2028, ¿quién puede exhibir los mayores resultados en la reducción de la pobreza y la mejoría de las condiciones de vida de la gente?
En un mundo marcado por la incertidumbre económica y las tensiones internacionales, Brasil ha vuelto a colocar en el centro del debate la importancia de la experiencia y los resultados. Los pueblos necesitan gobiernos que conozcan sus problemas y tengan capacidad para enfrentarlos, no administraciones que conviertan la improvisación en una forma de hacer política. Esa es una discusión que también debemos asumir en la República Dominicana.
Por eso, la pregunta que se abre ante los dominicanos y dominicanas es si en el 2028 pondremos nuevamente el gobierno en manos de dirigentes con experiencia y capacidad demostrada para gobernar o si optaremos por continuar bajo una administración que, a nuestro juicio, ha acumulado desaciertos durante estos ocho años. Desde AVANCEMOS entendemos que el país necesita un cambio de rumbo, con una conducción política capaz de recuperar la confianza ciudadana y colocar las prioridades nacionales por encima de los intereses particulares.
Otra lección de Lula es que las victorias no se consiguen desde la comodidad de los despachos ni esperando que las circunstancias favorezcan a un candidato. Se construyen con trabajo permanente, contacto directo con la población, capacidad de escuchar y disposición para corregir lo que sea necesario. Lula es un dirigente que ha mantenido una intensa actividad política y que ha sabido ajustar su estrategia para ampliar su respaldo. Quien aspire a conducir los destinos de la República Dominicana debe comprender que el pueblo no se conquista con discursos ocasionales ni con campañas limitadas a las redes sociales.
El voto útil es otra variable que merece atención. Cuando una parte importante del electorado coincide en la necesidad de preservar o recuperar determinadas conquistas, puede terminar concentrando su apoyo en la opción que considere con mayores posibilidades de representar esa aspiración. En Brasil, Lula logró articular el respaldo de sectores diversos alrededor de una propuesta de progreso. En nuestro país, la construcción de una mayoría política capaz de producir un cambio también exigirá diálogo, madurez y capacidad para reunir voluntades más allá de las diferencias particulares.
Rumbo al 2028, en AVANCEMOS tenemos una convicción: la mayoría que hará posible el cambio se está conformando y tendrá como componente fundamental a sectores que hoy respaldan al Partido Revolucionario Moderno (PRM), pero que no necesariamente seguirán acompañándolo. Esa mayoría puede expresarse desde la primera vuelta electoral. Quienes diseñen su estrategia pensando exclusivamente en una segunda vuelta podrían terminar subestimando la capacidad del electorado dominicano para concentrar su voto en una opción con posibilidades reales de triunfo.
En la República Dominicana, la segunda vuelta está prevista en nuestro sistema electoral, pero nunca se ha celebrado una elección presidencial en esa instancia. Esa experiencia histórica debe ser tomada en cuenta por todos los actores políticos. La construcción de una candidatura competitiva exige trabajar desde ahora para alcanzar la mayoría necesaria, sin depender de escenarios posteriores que podrían no producirse.
Brasil nos recuerda que ninguna elección está decidida de antemano. Las encuestas pueden equivocarse, las tendencias digitales pueden ser engañosas y las campañas pueden cambiar cuando la ciudadanía encuentra una propuesta que interpreta sus aspiraciones. Lo decisivo es la capacidad de conectar con la gente, presentar una alternativa creíble y demostrar que existe voluntad de gobernar para las mayorías.
Por eso, nuestro compromiso debe ser con el trabajo continuo, la organización territorial y la cercanía con el pueblo. No hay espacio para la complacencia ni para la improvisación. De aquí al 2028, cada conversación, cada comunidad visitada y cada problema escuchado deben contribuir a construir una mayoría social y política que haga posible el cambio.
Estas son algunas de las enseñanzas que nos deja la experiencia brasileña. Hay muchas más, pero me las reservo por ahora. Lo esencial es entender que las victorias se preparan con tiempo, se sostienen con trabajo y se conquistan cuando una mayoría ciudadana encuentra razones suficientes para confiar en una alternativa.
