Por: Lisset de los Santos.
Con frecuencia, hechos insignificantes terminan convirtiéndose en tragedias irreparables. Una discusión provocada por una imprudencia en el tránsito, una disputa por un espacio para estacionar un vehículo, los celos derivados de un supuesto coqueteo o un desacuerdo durante una partida de dominó han sido suficientes para que personas pierdan la vida. Lo más preocupante es que muchas de estas situaciones ocurren entre ciudadanos que, hasta ese momento, no tenían antecedentes de conflictos graves. Esto refleja una realidad inquietante: la incapacidad para controlar las emociones y resolver las diferencias mediante el diálogo está teniendo consecuencias cada vez más dolorosas para nuestra sociedad.
Las estadísticas oficiales confirman una realidad que preocupa: una gran parte de los homicidios ocurre a partir de conflictos sociales y disputas que, en principio, podrían parecer menores. No siempre se trata de hechos relacionados con la delincuencia organizada o de acciones planificadas; muchas veces, una discusión, un desacuerdo o una reacción impulsiva termina escalando hasta convertirse en una tragedia.
Detrás de esta violencia hay factores que forman parte de la vida cotidiana, como la intolerancia, la falta de respeto, el estrés, el enojo acumulado y la facilidad con la que algunas personas recurren a las armas para resolver sus diferencias. Lo más doloroso es que muchas de estas muertes podrían evitarse si aprendiéramos a detenernos a tiempo, controlar nuestras emociones y entender que ninguna discusión vale más que una vida.
Esta realidad obliga a mirar el problema desde una perspectiva más amplia. La reducción de la violencia no depende únicamente del trabajo de la Policía o de la aplicación de las leyes, sino también del fortalecimiento de la educación en valores, la promoción de una cultura de respeto y convivencia, el papel orientador de las familias y la participación de las comunidades. Aprender a escuchar, controlar los impulsos y resolver los desacuerdos sin recurrir a la agresión es una tarea colectiva que debe comenzar desde el hogar y reforzarse en las escuelas y en todos los espacios de convivencia. Solo así será posible construir una sociedad donde las diferencias no terminen cobrando vidas y donde el diálogo prevalezca sobre la violencia.
Esta realidad pone de manifiesto que el problema de la violencia va mucho más allá de los hechos aislados. En muchos casos, detrás de una reacción desproporcionada existen dificultades para controlar las emociones, conflictos personales que nunca fueron atendidos y problemas de salud mental que permanecen invisibles. A ello se suma una creciente intolerancia frente a las diferencias, donde cualquier desacuerdo puede convertirse en una confrontación. Se trata de una situación que afecta a toda la sociedad y que requiere ser reconocida para poder enfrentarla.
También influyen las condiciones en las que viven miles de personas. Las preocupaciones económicas, el desempleo, las limitadas oportunidades, las diferentes deficiencias en varios ambitos de la vida nacional y el deterioro de la convivencia generan una carga constante de tensión. Cuando ese estrés se acumula durante mucho tiempo, cualquier incidente cotidiano, por pequeño que parezca, puede convertirse en el detonante de una reacción violenta. Si a ese escenario se agregan el consumo excesivo de alcohol, los ambientes cargados de ruido y las altas temperaturas, el riesgo de que ocurra una tragedia aumenta considerablemente.
Por eso, combatir la violencia no significa únicamente endurecer las sanciones o aumentar la presencia policial. También implica invertir en educación, fortalecer la salud mental, promover la resolución pacífica de los conflictos y crear espacios donde prevalezcan el respeto y la tolerancia. Una sociedad que aprende a dialogar, a manejar sus emociones y a convivir con las diferencias tiene mayores posibilidades de reducir la violencia antes de que esta cobre nuevas víctimas. La prevención comienza mucho antes de que ocurra un crimen; empieza en el hogar, en la escuela y en la forma en que cada ciudadano se relaciona con los demás.
La violencia que hoy enfrenta la sociedad no puede entenderse como una suma de hechos aislados. En muchos casos, detrás de una reacción impulsiva hay personas que arrastran problemas emocionales, conflictos sin resolver o dificultades para controlar sus impulsos. A esto se añade una preocupante falta de tolerancia, donde diferencias que antes podían resolverse con una conversación ahora terminan en enfrentamientos. Esta situación demuestra que la violencia no solo afecta a quienes la protagonizan, sino que se ha convertido en un desafío que involucra a toda la sociedad.
Cuando una persona vive bajo una presión constante, le resulta más difícil controlar sus emociones y reaccionar con calma ante los problemas. En ese estado de tensión, una discusión por un asunto cotidiano puede convertirse rápidamente en un enfrentamiento. La frustración, el cansancio y la incertidumbre hacen que muchas personas respondan de forma impulsiva, utilizando la agresividad como una manera equivocada de expresar el malestar que llevan acumulado.
A esta realidad se suman las dificultades económicas que enfrentan miles de familias en el pais, muy especialmente esa franja de la informalidad que se acerca casi al 55 %. . Para muchos trabajadores, el salario mínimo sector privado no sectorizado oscila desde los ( RD$19,352.50 a RD$29,988.00 ) dicho salario resulta insuficiente para cubrir el costo de la canasta básica que es ( RD$ 49,268.36 ) , lo que obliga a vivir con preocupaciones permanentes y limita las posibilidades de mejorar su calidad de vida. Aunque estas condiciones no justifican ningún acto de violencia, sí contribuyen a crear un ambiente de mayor estrés e intolerancia. Por ello, reducir la violencia también requiere atender las causas sociales que alimentan ese clima de tensión, promover mejores oportunidades, una cultura de diálogo y respeto.
Mis recomendaciones al respecto, ojalá y puedan ser ponderadas y tomadas en cuenta para medidas futuras:
– Educación en valores: desde los primeros años de formación, promoviendo el respeto, la empatía, la tolerancia y la resolución pacífica de los conflictos tanto en las escuelas como en los hogares.
–Servicios de salud mental: creando programas de prevención, orientación psicológica y manejo de las emociones que permitan detectar y atender oportunamente situaciones de estrés, ansiedad, depresión o conductas agresivas.
–Campañas nacionales de convivencia ciudadana: dirigidas a enseñar cómo manejar desacuerdos cotidianos sin recurrir a la violencia, especialmente en espacios públicos, el tránsito y las comunidades.
–Diálogo dentro de las familias: fortaleciendo la comunicación entre padres, hijos y demás miembros del hogar para prevenir conductas violentas desde la infancia.
–Políticas públicas que reduzcan las tensiones sociales: mediante la generación de empleos de calidad, mejores salarios, oportunidades educativas y programas de apoyo a las familias más vulnerables.
–Mayor firmeza el porte y uso de armas de fuego: reforzando los controles y las campañas de desarme para evitar que discusiones cotidianas terminen en tragedias.
–Fomentar la participación de iglesias, organizaciones comunitarias, juntas de vecinos y centros educativos: en programas de mediación de conflictos y construcción de una cultura de paz.
–Consumo responsable de alcohol: reforzar las campañas de prevención sobre los riesgos que representa mezclar el consumo excesivo de bebidas alcohólicas con situaciones de conflicto.
–Capacitar a la ciudadanía en inteligencia emocional: enseñando herramientas para controlar la ira, manejar la frustración y resolver diferencias mediante el diálogo.
–Convertir la prevención de la violencia en una política de Estado: articulando los esfuerzos de las instituciones públicas, el sector privado, las organizaciones sociales y la ciudadanía.
La violencia que hoy preocupa al país no desaparecerá únicamente con más patrullas, leyes más severas o mayores sanciones. Su verdadera solución pasa por atender las causas que la alimentan: la falta de educación en valores, el deterioro de la convivencia, los problemas de salud mental, la desigualdad y las tensiones económicas que afectan a miles de familias. Construir una sociedad más segura exige un compromiso colectivo donde el Estado, las familias, las escuelas, las comunidades y cada ciudadano asuman su responsabilidad. Solo fomentando el respeto, el diálogo y la tolerancia será posible evitar que diferencias insignificantes sigan convirtiéndose en tragedias que enlutan a la nación.
Concluyo este artículo citando a uno de los máximos referentes de la resistencia no violenta: el abogado, pensador y líder nacionalista indio Mahatma Gandhi, cuyas palabras mantienen plena vigencia:
“Para una persona no violenta, todo el mundo es su familia”.
Una reflexión que nos recuerda que la convivencia, el respeto y la capacidad de resolver nuestras diferencias sin violencia son responsabilidades de todos.
